El Bilbao BBK Live celebró este julio su vigésima edición en el monte Kobetamendi, la ladera sobre la ciudad que le ha dado identidad desde que se trasladó allí. Veinte años son mucho recorrido en un negocio en el que la mayoría de festivales dura cinco, y el emplazamiento explica buena parte de ello.
El panorama general de julio está más saturado que nunca. Mad Cool en Madrid, el Resurrection Fest, el FIB y el Barcelona Rock Fest se concentran en las mismas semanas, lo que convierte al julio español en uno de los meses de festivales más densos de Europa. Una densidad así no es evidentemente buena para ninguno de ellos.
La competencia no es tanto por el público, que se desplaza, como por los artistas. Un grupo de gira que traza un verano europeo toca un número limitado de fechas, y cuatro festivales españoles en semanas solapadas pujan entre sí por la misma disponibilidad. Eso empuja los caches al alza y empuja los carteles hacia el parecido, porque todos quieren a quien esté libre.
Kobetamendi es el argumento a favor de tener un lugar y no un cartel. Un festival en un monte sobre Bilbao es algo que la gente describe al volver a casa, y eso es un activo duradero de un modo que no lo es la contratación de un cabeza de cartel. Los festivales que sobreviven veinte años suelen tener uno.
El riesgo para el calendario español es una corrección más que un derrumbe. Los costes suben más deprisa que el precio de las entradas en casi todos los mercados europeos, y un mes tan saturado tiene exactamente la forma que se aclara cuando un par de promotores tienen un mal verano.

