El Palacio Bellas Artes abrió en San Sebastián el 1 de julio, alojado en un cine emblemático de 1914 diseñado por Ramón de Cortázar. La reconversión mantiene la arquitectura de la Belle Époque y añade las instalaciones que exige un hotel. Como edificio es un acierto. Como patrón merece más atención de la que recibe.
España tiene un parque inusualmente amplio de edificios protegidos de principios del siglo XX y un número limitado de usos capaces de pagar su mantenimiento. Un cine de esa época no puede funcionar como cine, porque la economía de la sala única terminó hace décadas, y una fachada protegida no puede simplemente derribarse. La hostelería es uno de los pocos usos que genera ingresos por metro cuadrado suficientes para financiar la restauración.
El intercambio es real en las dos direcciones. El edificio sobrevive, se mantiene a un nivel que la financiación pública rara vez alcanza y sigue visible en la trama urbana. También deja de ser un lugar en el que el público entra libremente y pasa a ser un lugar en el que el público paga por entrar, lo que cambia para qué sirve un edificio cívico.
San Sebastián es un caso concreto porque reúne el patrimonio arquitectónico y la economía de visitantes necesarios para que la aritmética funcione. Cortázar construyó mucho en la ciudad durante el periodo en que fue destino veraniego de la corte, y el inventario resultante es exactamente el que este modelo de reconversión preserva.
Conviene nombrar la alternativa con claridad, porque suele ser la comparación real. Los edificios protegidos sin un uso que pague tienden a quedarse vacíos mientras se mantiene la fachada y no el interior, y los interiores que se pierden así no vuelven.

