España crece por encima de la mayor parte de la zona euro por tercer año consecutivo, y la explicación coincide entre las distintas casas de análisis. El turismo se mueve en volúmenes récord, el consumo interno ha aguantado mejor de lo que esperaban los modelos y la inmigración suma población en edad de trabajar a un ritmo que eleva el producto por pura aritmética.

El último de esos factores es el menos comentado y el que más aporta. Una economía que suma trabajadores crece, antes incluso de que la productividad entre en el debate. La población española ha aumentado por migración en una década en la que la de buena parte de Europa no lo ha hecho, y una parte relevante de la brecha de crecimiento es ese solo dato.

Es también el insumo sometido a mayor presión política. Los saltos de Ceuta y la discusión posterior han situado la migración en el centro del ciclo electoral que viene, y el modelo de crecimiento depende en silencio de que esos flujos continúen. Esa tensión no la ha nombrado con claridad nadie con intereses en ninguno de los dos lados.

El turismo tiene el problema contrario. Es popular en el agregado y cada vez menos popular en los lugares que lo acogen, como han dejado claro las protestas de Mallorca y Canarias. Un crecimiento que depende del volumen de visitantes es un crecimiento que depende de que los residentes toleren ese volumen.

El consumo es el más sano de los tres y el más difícil de sostener sin los otros dos. Los hogares han gastado porque el empleo ha ido bien y la inflación se ha contenido, y ambas cosas dependen del mismo relato de turismo y migración. La ventaja de crecimiento es real. Se apoya en unos cimientos sobre los que el país no ha decidido si los quiere.