El terremoto que sacudió Granada de madrugada el sábado no fue, sobre el papel, especialmente grande. El Instituto Geográfico Nacional lo midió primero en 4,8 antes de revisarlo al alza hasta 5,0, y algunos seguimientos independientes lo sitúan algo más alto, en 5,2. Lo que hizo que el daño resultara desproporcionado respecto a esa cifra no fue la magnitud por sí sola, sino la profundidad: el seísmo se produjo a apenas dos kilómetros bajo tierra, lo bastante cerca de la superficie como para que incluso una liberación de energía moderada llegara con toda su fuerza.
El epicentro se situó cerca de Alhendín, en torno a los 37,11 grados norte y 3,66 grados oeste, a pocos kilómetros al sur de la propia Granada. Un seísmo superficial y moderado tan cerca de una zona poblada viaja con eficacia, y por eso el temblor no se quedó en la ciudad ni siquiera en la provincia. Llegó a buena parte de Andalucía, a zonas de Castilla La Mancha y hasta Madrid, de modo que personas que estaban lejos del epicentro notaron un seísmo cuyos daños oficiales solo se registraron en un puñado de municipios.
El terreno no se calmó de inmediato. Se registraron al menos trece réplicas en la zona de Granada en las horas posteriores al seísmo principal, la más fuerte de magnitud 2,6 dentro de la primera media hora. Ninguna se acercó a igualar la sacudida inicial, pero la secuencia bastó para mantener en alerta a los servicios de emergencia y a los vecinos mucho después de que el temblor original dejara de ser noticia por sí solo.
El momento en que ocurrió añadió su propia complicación. Mediados de agosto es temporada alta para la economía turística de Andalucía, con el número de visitantes en Granada y en la costa en su punto más alto del año, y un plan de emergencia sísmica activado en esa ventana pesa de forma distinta que el mismo plan activado en febrero. Sea cual sea la magnitud final revisada una vez quede registrada por completo la secuencia de réplicas, la historia práctica de este terremoto la decidieron dos cosas que un titular con la magnitud por sí solo no recoge: lo superficial que fue, y el momento en que ocurrió.

